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El afán de los jóvenes por mantenerse a tono con los cambios o expresiones que impone la “moda” tanto en el aspecto físico como en el comportamental les lleva a escuchar cierto tipo de música y a usar atuendos caprichosos en diseño, forma y color; así como tatuajes y objetos sobre la piel que nos proyectan al atavismo de las sociedades primitivas.

 

Dichos cambios han dejado marcas en la historia del hombre, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la sociedad empezó a vivir los impactos “innovadores” con el advenimiento musical del rock and roll, el efecto generacional de la música pop y la irrupción del movimiento hippie ‒que promovía el amor y la paz e inundaba su existencia de humo de cannabis‒, subcultura que también tuvo sus réplicas y seguidores en nuestro ámbito sociocultural.

 

En los tiempos actuales observamos la “evolución” de estas tendencias que han dado lugar a expresiones musicales y subculturales identificadas como el “hard rock”, en nuestro ámbito conocidas como el rock duro, rock pesado, metal, punk, hip hop, góticos, y entre éstos la tendencia EMO, cuyo término proviene de un apócope de “emotional hardcore o emocore” referido a la carga emocional de las letras casi siempre de dolor, de despecho y de odio  de su género musical que posteriormente pasó a constituir una tendencia comportamental.

Estas modernas expresiones difundidas mundialmente a través del cine, la televisión, la Internet, las redes sociales y la migración, hicieron germinar en nuestra sociedad, y en nuestros jóvenes, manifestaciones de este tipo que no tardaron en reproducir disturbio, descontrol e impotencia en los padres que con sorpresa experimentaron estos cambios en el comportamiento y en los atuendos de sus hijos, cuya estampa reproduce una expresión facial taciturna con un flequillo de cabello (en ocasiones tinturado de color lila o amarillo) que cubre uno de sus ojos, en los varones un aspecto corporal andrógino (en ocasiones a primera vista se duda si es hombre o mujer), preferencia por el color negro en su vestir y zapatos deportivos.

Estos grupos sociales constituyen lo que se ha dominado “tribus urbanas”, en las que rigen dos aspectos comunes: rechazo a la autoridad establecida y la búsqueda de libertad, aquí los jóvenes encuentran, aparentemente, comprensión y una familia que acompaña a su soledad. Generalmente provienen de familias disfuncionales, hijos de madres solteras o jóvenes con padres ausentes como sucede en la migración.

Causan preocupación  los contradictorios conceptos del deber ser que sustentan los jóvenes que siguen la tendencia EMO, la negación a la experiencia de bienestar que es connatural al deseo de todo individuo, las reflexiones tendentes a la oposición a toda gratificación que sumerge a estos individuos en una atmósfera de incertidumbre con profundos vacíos afectivos; situación crítica, donde la aflicción, sufrimiento o ansiedad como percepción subjetiva del dolor psicológico es exteriorizada en alguna parte de su cuerpo, generalmente en las caras anteriores de los brazos, provocándose incisiones múltiples o laceraciones con cualquier objeto cortante, consiguiendo a través de este acto “una forma de localizar el dolor”, ritual que, al parecer, de acuerdo a sus propias manifestaciones produce “desahogo” o relajación y en otros casos, sensaciones anormalmente concebidas como placenteras.

Las huellas y los testimonios de estos rituales silenciosos los plasman en dibujos o  representaciones en sus cuadernos de estudio o en su habitación que frecuentemente luce por el desorden y la preferencia por el color negro, utilizando símbolos como calaveras, corazones rotos o estrellas rosadas. Sentimentalmente la pareja “EMO” debe compartir su dolor en todo momento y por ello, los dos se cortarán la piel al mismo tiempo.

Desde el punto de vista psiquiátrico, la intervención oportuna podría evitar este desfase existencial en algunos adolescentes y así prever la deformante progresión de dicho síndrome  clínico, para evitar las groseras secuelas de heridas reiteradas que deforman la piel y alteran la estética y que, en algunos casos, han llevado hasta la amputación de un miembro por contaminación, y en otros ha permitido identificar larvados trastornos depresivos con potencial riesgo de suicidio.

 

 

Psic. Marco Fernandez